La lección del fracaso de las revoluciones estatistas

alberolaEs obvio que «no podremos resolver los problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando los creamos», y que si buscamos «resultados distintos» no debemos hacer «siempre lo mismo». Sobre todo si es para avanzar hacia el objetivo emancipador.

Comienzo con las recomendaciones de Albert Einstein porque me parece obvio, estimado Pepe, que antes de «reiniciar…» deberíamos saber por qué es necesario hacerlo; pues sería absurdo hacerlo sin conocer las causas que nos obligan a recomenzar… Y más después de haberlo hecho ya tantas veces para volver a lo mismo y desmovilizar al «sujeto revolucionario».

Después de tantos fracasos, es hora ya de no condenarse a actuar como Sísifo, de no repetir esfuerzos inútiles y contraproducentes en las luchas por las «grandes ideas», por la «revolución». Y no sólo para no condenar la revolución a ser únicamente ilusión sino también porque es el esfuerzo inútil y sin esperanza el que sume a los pueblos en la desilusión y la resignación.

Independientemente pues de que nos reclamemos marxistas o anarquistas, los dos concebimos la revolución como un proceso y queremos que su objetivo sea el de poner fin a toda forma de explotación y de dominación. Un proceso para orientar la historia por un camino diferente al que ella ha seguido hasta el día de hoy. Ese camino que, pese a las «grandes transformaciones sociales», nos ha conducido a la actual hegemonía planetaria del capitalismo.

Ante una tal situación, el sentido común y la lógica nos indican que debemos proceder – como lo recomendaba Marx, aunque no lo practicara siempre – de manera objetiva (científica) y no ideológica, que impide ver la realidad tal que ella es. No sólo debemos proceder así porque es la única manera de poder analizar los acontecimientos históricos tal que ellos son y tal que se han producido, sino también porque lo que debe interesarnos más es saber por qué esos acontecimientos nos han conducido a este presente que no deseábamos y que hoy lamentamos.

Así pues, basándonos en una lectura materialista de la historia (lectura que nos es común a marxistas y anarquistas), estamos obligados a concluir que, al haberse realizado las «grandes transformaciones sociales» por la vía autoritaria, la historia no podía dar otro resultado que el que ha dado hasta el presente.

Efectivamente, la historia avanza, «aunque sea con renglones torcidos», y ello prueba, Pepe, que algo habrá en ella que le permite avanzar pese a los «renglones torcidos». Y es ese “algo” que la hace avanzar (el deseo de libertad) el que te hace decir que no «se vuelvan a repetir»; pues es evidente que sólo así el «reiniciar» permitirá avanzar hacia el objetivo emancipador. Sobre todo si logramos evitar, si no repetimos, el «renglón torcido» de la «división sectaria». El más nefasto de los «renglones torcidos», puesto que el sectarismo es la expresión más concreta y cotidiana del autoritarismo. Inclusive cuando se ejerce para liberar (por la fuerza) a los trabajadores de la explotación, en vez de dejarles liberarse por ellos mismos.

En este sentido, lo sucedido con las tres grandes revoluciones estatistas del siglo XX (la rusa, la china y la cubana) es aleccionador. No sólo no llegaron a la etapa del comunismo sino que ni siquiera a la del socialismo marxista (la socialización de los medios de producción). Peor aún : la economía estatalizada y burocratizada generó (en las tres) una nueva clase que se instituyó a si misma como representante auténtica y única de la Revolución, y, en consecuencia, legitimada para imponer autoritariamente el rumbo de la revolución en función de sus intereses. Un rumbo que de más en más fue el de la «división sectaria» para justificar la represión de las fuerzas revolucionarias opuestas a un autoritarismo que consideraban antinómico con el objetivo emancipador.

No es pues sorprendente que, para mantenerse en el Poder y perpetuar sus privilegios, esa nueva clase («imprevista» por Marx y que el marxismo ocultó) haya preferido aliarse con el Capital internacional en vez de devolver el Poder confiscado al pueblo para que éste pudiera socializar la economía y emanciparse de la explotación.

Claro que se pueden avanzar las «causas» exteriores (las agresiones del Imperialismo, etc.) para «explicar» tal fracaso revolucionario e incluso para pretender que no hay contradicción en salvar la «revolución» con el Capital internacional. Pero, ¿cómo explicar la restauración del capitalismo privado y la resignación actual de esos pueblos, y la emergencia en su seno de fuertes corrientes nacionalistas, racistas y fascistas?

Sí, ¿cómo explicar este nacionalismo xenófobo si no es a través del autoritarismo, de ese sectarismo «revolucionario» que impuso la cultura de la sumisión en los países del «socialismo realmente existente»?

Lo grave no es que las revoluciones estatistas hayan traicionado al pueblo sino que éste no haya sido capaz de «reiniciar» el proceso revolucionario, y que, cada vez que se rebela, sean las tendencias reaccionarias las que prevalezcan sobre las corrientes revolucionarias emancipadoras.

Esto, Pepe, no puede sernos indiferente, es una lección que debemos tener en cuenta cuantos queremos «resultados distintos». Tanto para “reiniciar” la lucha como para no encausarla por los senderos que nos impidieron llegar a ellos.

Sí Pepe, si de verdad queremos construir el socialismo, no olvidemos esta lección; pues hoy sabemos que es imposible construirlo desde arriba, por ordena y mando, que sólo lo lograremos con la participación de todos, con el concurso y el acuerdo de todos, y para el bien de todos –como dicen también ya muchos marxistas.

De acuerdo pues en «reiniciar» la lucha ; pero sin repetir los «escalones torcidos». Comenzando, como dices, por el de la «división sectaria». Es decir, evitando todo lo que produce sectarismo y división, además de no ser más que una ilusión : la lucha por el Poder. Tanto a través de las urnas como de la revolución estatista; pues ya has visto lo que ha costado a los pueblos, en sudor, lágrimas y sangre, el seguir los consejos de Engels.

Vale que Marx y Engels se equivocaran y creyeran entonces posible la extinción del Estado, que no previeran esa «nueva clase» que luego se alía con el Capital para restaurar (o proseguir, como en Venezuela) el capitalismo; pero no vale para los marxistas que no quieran repetir los fracasos de las revoluciones estatistas.

Como tampoco vale eso de que no todos los Estados son iguales (si miras las imágenes de la represión estatal verás como es la misma en todos) y que no es lo mismo Maduro que Capriles, Zapatero que Rajoy, etc., etc. No sólo porque aceptar lo del «mal menor» conduce a renunciar a la emancipación sino también porque tal elección acaba siempre con el pueblo abajo y arriba los de la clase dominante. Además, aliados unos y otros con el Capital. Así pues, ni Maduro ni Capriles, Ni Rajoy ni Zapatero, siempre al lado de los explotados y sometidos.

Termino, como Einstein, convencido de que sólo obtendremos «resultados distintos» si dejamos de hacer «siempre lo mismo» y, sobre todo, si no nos olvidamos de que el objetivo por el que luchamos es la emancipación de todos y todas.

Fraternalmente

* Reiniciar siempre, sobre todo las grandes ideas, Pepe Gutiérrez-Álvarez

http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/84387-reiniciar-siempre-sob…

Octavio Alberola