Adolfo Suárez: otra necrológica posible (e históricamente necesaria)

Donde la mayor parte de las biografías sobre Suárez, y especialmente aquellas narraciones institucionales sobre la transición, flaquean es a la hora de adentrarnos en el papel que jugó el expresidente en el proceso de reestructuración del modelo capitalista español así como en la sistemática represión de los movimientos contestatarios en el comienzo de la Transición.

Hace ya mucho tiempo que la biografía oficial y oficializante de Adolfo Suárez González, Duque de Suárez (1932-2014), está escrita. Incluso, a buen seguro, las necrológicas que ahora se están publicando con presura llevaban ya meses, años, guardadas en la “nevera” de los grandes medios de comunicación. Así funciona la “prensa libre”.

La gran representación de lo esperado y esperable funcionó a la perfección desde el primer momento en que uno de sus hijos, Adolfo Suárez Illana, comunicó la noticia del “inminente” desenlace. La reacción fue inmediata. El aparato propagandístico no tardó en ponerse en marcha. Imágenes conocidas, esperadas, lugares comunes donde los haya, empezaron a difundirse a la velocidad a la que hoy nos tienen acostumbrados. Sí, los portavoces de las políticas de la memoria oficial/institucional reaccionaron al instante. No faltó detalle en la puesta en escena.

Pero esa misma representación que forma parte de la escenificación de ese relato lineal, uniforme, acrítico, que constituye la sustancia esencial de la narración canónica de la transición postfranquista –como discurso que todo lo ha impregnado para al menos tres generaciones de ciudadanos–, sonaba a vieja, a caduca. Aunque el esperable “babeo” de los biógrafos oficiales de Suárez era de suponer, se ha llegado a tan altas cimas, en esta ocasión, que no deja, al mismo tiempo, de representar el final predecible y cercano de este mismo relato agonizante. Ya lo dijo Beltrolt Brecht cuando afirmó que la “crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”. Nada nuevo se ha dicho, ni se pensaba decir, acerca del predecible fallecimiento de Suárez. En estos eventos mediáticos-propagandísticos la crítica es superflua. Y, por supuesto, no se ha desaprovechado tan magnífica ocasión para remarcar los dogmas de aquella edulcorada transición: que si fue modélica, que si fue pacífica, que si fue extrapolable… Sin olvidarnos de otros sonados éxitos de esa misma musiquilla: reconciliación, conciliación… ¡Todo tiene un aroma tan rancio!

Y pese a todo, la trayectoria personal de Adolfo Suárez es tan compleja, tan poliédrica, que debería ser objeto de un análisis riguroso y sosegado. Pues hablamos no sólo de la imagen proyectada, o pretendidamente proyectada, sino de algo más relevante en términos históricos: el origen de la teórica legitimidad del régimen político-económico actual. Un asunto demasiado importante para ser cautos o cuanto menos estar atentos ante las habituales mistificaciones. De hecho, rastrear históricamente en la biografía del presidente Suárez, más allá de esos mismos lugares comunes, puede permitir proyectar no sólo lo que pudo ser o no ser la transición –aspecto que se escapa a los historiadores– sino también, ante todo, ayudar a internarse por otros lugares no habituales –eso sí, cada vez más habituales– que reflejan las luces y sombras de la otra transición a la democracia, como un discurso que a medio-largo plazo reemplazará, mediante reforma o ruptura, al actual. En esta breve necrológica, al menos, nos gustaría destacar tres cuestiones que nunca se resaltarán debidamente en estos días de luto nacional.

La metamorfosis y el modelo económico

La primera cuestión sobre la que cabría discutir es la propia conversión hasta la metamorfosis total del Suárez franquista a demócrata convencido en un tiempo récord. Uno de otros tantos casos “milagrosos”. Y no es baladí lo anterior. No esperen oír ni menos leer voces críticas, en estos días de tristeza nacional, de aquellos biógrafos ya no críticos –y aquí el ejemplo, por antonomasia, es Gregorio Morán– sino de sus declarados enemigos que los hubo y siguen existiendo con más o menos fundadas razones. Nada va a perturbar la puesta en escena. No se está aquí ante un juicio ético o moral, sino simplemente histórico. Pues resulta que internarse en la trayectoria biográfica de Suárez –hasta donde lo permite la muy escasa documentación disponible, que es otra cuestión sobre la que cabría discernir largamente– desde su infancia, su apresurada escalada por los centros de poder franquistas –sin ningún tipo de escrúpulo o mala conciencia incluido corrupciones varias de diferente índole– hasta ser nombrado presidente del segundo Gobierno de la Monarquía (julio de 1976), nos conduce a la misma esencia de los “límites infranqueables” de la llamada transición a la democracia.

De la misma forma, dicha senda vital nos refleja cómo se las ingeniaron las fuerzas vivas del franquismo para que todo cambiara sin que nada cambiara. Toda una obra de ingeniería político-mediática sin precedentes. Con una nota añadida, constituye el mejor camino para conocer al Suárez político al 100% en donde los medios justificaron los fines. O dicho de otra forma, Suárez fue un político, ante todo, pragmático. Son tantos los ejemplos que se podrían exponer de cómo se construyó aquella biografía empezando por cómo supo sacar el debido provecho de la tragedia de la urbanización de los Los Ángeles de San Rafael en Segovia, en junio de 1969. Como en toda biografía de político de primer nivel que se precie, el triángulo de corrupción-especulación-impunidad está presente… Y con todo, es cierto, es verificable en términos históricos –más allá de esa invención del pasado de la que nos previniera Hobsbawm– que Suárez se terminó por creer su papel de salvador de la Transición, de la Patria. Por convicción o por pragmatismo –a gusto del lector– no se le podrá achacar sus no pocos sacrificios políticos pero también personales en busca de ese “fin común” de que, al menos, se superara la dictadura franquista de cara a avanzar a un sistema democrático de mercado con todas sus limitaciones. ¡Qué difícil tarea la de separar en este caso lo individual de lo colectivo!.

Pero donde la mayor parte de las biografías sobre Suárez y especialmente aquellas narraciones institucionales sobre la transición flaquean, es a la hora de adentrarnos –en ocasiones hasta el punto de tratarnos como súbditos antes que ciudadanos– en el papel que jugó nuestro protagonista en el proceso de reestructuración del modelo capitalista español. Es hora ya de adentrarnos en una historia de clase de este tiempo histórico. La mistificación, la simple edulcoración más elaborada o burda, sobre la necesidad imponderable de los Pactos de la Moncloa (octubre de 1977) ha sido tal que ha difuminado casi por completo las otras vías de desarrollo que se pudieron llegar a dar. No sólo fueron los Pactos de la Moncloa –sin adentrarnos en otros asuntos tan espinosos como la Ley de Amnistía también de octubre de 1977– sino toda una pléyade de normativas a posteriori que instrumentalizaron la crisis económica de los setenta, para integrarnos en la nueva división internacional del mercado con las consecuencias del todo sabidas.

Pero no termina aquí la posible crítica histórica. Fuera por convencimiento o por pragmatismo, el proyecto político-económico que encarnó la UCD y el mismo Suárez durante la primera legislatura (1977-1979) con rasgos, en ocasiones, netamente progresistas quedarían eliminados muy pronto. Secuestrada económica y presupuestariamente UCD por la CEOE y otros centros de poder financieros –como relató el poco sospechoso periodista Mariano Guindal en El declive de los dioses– su programa de actuación quedó prontamente limitado en aspectos de no poca trascendencia. Un secuestro mediante vías formales o forzadas que, en cualquier caso, no modifica el resultado final.

Azote de los movimientos obreros y sociales

Ahora bien, si hay un lugar por el que los biógrafos y los relatos oficializantes han pasado de largo, es el relativo a la obra y venturas de Adolfo Suárez en su papel clave en la represión, vigilancia y espionaje contra el movimiento obrero y los entonces llamados “nuevos” movimientos sociales. Existe ya la suficiente evidencia empírica y bibliografía consolidada –pese al bloqueo sistemático en el acceso y consulta a la documentación histórica de este tiempo– para hablar en estos términos que tan mal casan con esos adjetivos grandilocuentes de reconciliación, consenso, pacífica siempre que aparece el vocablo “Transición”. Y hablando de lecturas malditas –siempre ignoradas en estos días– recordamos que a día de hoy ningún investigador o especialista ha puesto en cuestión los datos en su día esgrimidos por Alfredo Grimaldos –La sombra de Franco en la Transición – o Mariano Sánchez –La transición sangrienta– y de otros tantos investigadores que nos hemos dedicado a la tarea. ¿Nadie recordará, algún día, la memoria de los estudiantes José Luis Martínez y Emilio Montañés ametrallados un 13 de noviembre de 1979 por la fuerzas del “orden público” en una manifestación de estudiantes y trabajadores contra el Estatuto de los Trabajadores? Y lo anterior no deja de ser un caso aislado entre los centenares que pudieran ser expuestos, en un tiempo histórico en que la violencia política institucional se combinó con el amparo por parte de los organismos estatales en lo referido a una extendida política de terrorismo de Estado.

No estamos hablando solamente de que, por ejemplo, los sindicatos mayoritarios entonces –desde CCOO, incluso la renacida CNT o hasta UGT u otros tantos casos– fueran vigilados, sometidos a todo tipo de espionaje o de infiltraciones, sino es que se puede afirmar que existió toda una política de control y represión contra el movimiento obrero. No valen aquí ni los argumentos de la lucha anti-terrorista de ETA ni otros tantos lugares comunes ya citados. Ni siquiera cabe hablar aquí de esa siempre citada correlación de fuerzas. Se está hablando, sencillamente, de una política institucional –y suponemos que el presidente Suárez algo sabría– en donde tan sólo en el año 1979 –en el que se dio uno de los últimos repuntes de la lucha de clases en la España contemporánea, alcanzándose niveles récord de conflictividad obrera– se emplearon todos los medios con el fin de derrotar a quien siempre se consideró el enemigo principal: el movimiento obrero. Un episodio, entre otros tantos revisables, con nombres, datos y cifras. No son suspicacias ni críticas no fundamentadas, sino hecho reales, tan reales como el hecho de que nunca Suárez tuvo voluntad real de cuestionar ni menos tocar el aparato de los grupos terroristas de extrema derecha cuando no se les amparó por omisión o acción… ¡Que difícil resulta siempre referirnos a la violencia cuando quien la ejerce es el Estado!

Estos pequeños episodios aquí narrados, y otros tantos que se pudieran exponer –desde los porqués reales de la legalización del PCE o hasta el nodo fundacional del siempre citado frustrado Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981– resultan y resultarán siempre lugares incómodos no de memoria sino de historia en los relatos hagiográficos de Suárez. De este modo, nada nuevo se va decir como conclusión: el trabajo de los historiadores profesionales –sí aquellos con una teoría y un método científico que rastrean en esos siempre incómodos papeles que ni siquiera Martín Villa pudo destruir– se enfrentan a un primer gran reto de enormes dimensiones: desmitificar a Adolfo Suárez como persona y político.

No de cara a una crítica estructural y frontal. No. Nuestra labor y trabajo es otro, pues de lo que se trata es de reconstruir esa misma biografía personal y política desde las bases del conocimiento histórico. Un reto que se aparece en una perspectiva a medio-largo plazo de muy complicada realización. Se trata ya no de confrontar, cuestionar, la representación heroico-institucional del binomio transición-Suárez, con Museo ad hoc, sino de algo más sustancial: ¿Dónde están los papeles del archivo personal pero también institucional del primer Presidente de la Transición? ¿Dónde están los papeles de la UCD o incluso del CDS? ¿Por qué todavía hoy sigue cerrado al acceso y a la consulta la documentación de la Brigada Político-Social, del Cuerpo Nacional de Policía, de la Guardia Civil, los diferentes archivos militares y de los centros de inteligencia antes y después de esa “modélica transición”? Y aquí está el posible punto de arranque para que los historiadores podamos en su día realizar una biografía política y social de Suárez en condiciones y con todas las garantías. Mientras tanto, el mito, la memoria institucional/oficial prevalecerá en el próximo inmediato. Y con ella el hoy cada vez más cuestionado “modelo español de impunidad”.

Doctor en Historia Contemporánea
Diagonal