¡No a la guerra! ¡No al golpe!


La

manipulación de las revueltas populares egipcia y siria para derivarlas en escenarios de guerra civil (larvada en el primer

caso y abierta en el segundo) recuerda la estrategia de la tensión utilizada durante la transición española para evitar la

ruptura con el franquismo y que se pidieran responsabilidades políticas y penales a los responsables de la

dictadura.

Entonces y ahora, aquí y allá, la desestabilización

programada desde los poderes en la sombra y sus aliados exteriores amenazando con un conflicto fratricida, ha permitido

culminar un cambio de mínimos para conservar el statu quo. La historia se repite porque a veces esa “fatiga de combate”

hace que los pueblos pierdan su memoria y recuperen el miedo.

Nos están llevando a su terreno. Con el mismo juego de siempre. El de la irracionalidad como modelo de

convivencia. El de la inmersión en la cultura de la violencia. El del trágala de “conmigo o contra mí”. El de una política

que solo admite la bipolaridad amigo-enemigo. Y en ese campo tenemos todas las de perder. La historia es testigo de cargo.

Delegar en salvadores, como está ocurriendo en Egipto justificando medios inhumanos por un pretendido fin loable, o

denunciar la intervención militar estadounidense en Siria sin mencionar las masacres de esa dictadura, es no haber

aprendido nada, volver a las andadas. Si algo se suponía que caracterizaba a las “primaveras árabes” y a los “movimientos

de indignados” en todo el mundo era precisamente el rechazo de la barbarie de la “razón de Estado” y de su lógica caníbal.

Asimilarnos con esas prácticas funestas significa ponernos a su servicio, degradarnos como seres libres y

autónomos.
Pero aún estamos a tiempo de rectificar el tiro. Es preciso decir adiós a todo eso. Insistir en los

caminos de la solidaridad y la democracia directa, sin intermediarios providenciales. ¡No nos representan! Hay que decirlo

alto y claro, con convicción militante. La trampa del sistema consiste en sustituir la vida por su representación. Dejarnos

sin experiencia vital ni responsabilidad, cosificados Ellos quieren ser los cartógrafos que nos dicten qué terrenos podemos

pisar y cuáles evitar. Para troquelarnos en la resignación perpetua.
Pero el mapa nunca es el territorio, sino un

sucedáneo operativo. Algo virtual, como la representación, que se legitima por espurios motivos de “escala”. De caer en la

tentación de someternos, estaríamos de nuevo dando cuerda a la servidumbre voluntaria. Y en pocas ocasiones como en esta ha

sido tan evidente el peligro que esa concesión entraña. Si la brutal crisis económica provocada desde arriba se ha

convertido en un infierno para los de abajo, ahora la tibieza o el conformismo puede llevarnos a ser cómplices de otra

guerra criminal, desatada por la oligarquía global contra el sentir mayoritario de los ciudadanos y al margen de la ONU.

Otro paso más, tras la invasión de Irak y el ataque otanista a Yugoslavia, para dinamitar el derecho de gentes y reinstaurar

la ley del más fuerte.
De nada vale esconder la cabeza bajo el ala. Lo ocurrido en Egipto es

moral y políticamente inadmisible. No tiene legitimidad de origen ni de ejercicio. Un golpe militar contra el primer

gobierno salido de la urnas en su historia; “desapariciones” en los sumideros de la policía política; eliminación de miles

de manifestantes a sangre y fuego y el cierre de medios de comunicación incómodos, son escenas que hemos visto antes en el

Chile de Pinochet y la Argentina de la Junta Militar. Y algo parecido cabe decir respecto a ignorar las atrocidades del

régimen de Bachar el Asad, que se ha cobrado ya más de 100.000 víctimas, 2 millones de refugiados y 4 de

desplazados.
Hay que salir de ese impase mortal cuanto antes y apoyar al “partido de las víctimas”. Sean del

color que sean. Solo así se podrá recuperar el espíritu inclusivo que animaba las movilizaciones de la plaza Tahrir en 2011

y que sirvió de referente al resto de los movimientos antisistema. Porque no solo existe una amenaza de fractura de las

revueltas populares por contagio. El maremágnum de Egipto y Siria apunta un riesgo cierto de implosión en los movimientos si

es capitalizado por los sectores alternativos que observan estos dramáticos sucesos como una oportunidad más para sus

estrategias. En el caso español, me refiero a aquellos grupos de la izquierda autoritaria, con IU a la cabeza, que siempre

han visto al 15-M como una experiencia romántica, “políticamente inoperante”, despreciando su carácter autogestionario y

radicalmente democrático, a la espera de hincarle el diente blandiendo la soflama de la eficacia. Y también a los otros del

“área progresista”, el PSOE y los sindicatos franquiciados, que exhibiendo un pacifismo transgénico esperan repetir el

éxito que les reportó liderar las manifestaciones contra la guerra en Irak. Absortos en las expectativas de las elecciones

europeas de 2014, olvidaron condenar sin paliativos el golpe en Egipto y todavía no han usado sus capacidades

institucionales (el PSOE como líder de la oposición a nivel estatal e IU en su condición de cogobernante en Andalucía)

para vetar que el ilegal e ilegítimo ataque a Siria se haga utilizando las bases de EEUU en España.
La

recuperación del capitalismo anticipada en la salida de la recesión de la Unión Europea; la grave crisis de identidad

implícita en el revés de la “primavera egipcia” y la diáspora ideológica despachada por la intervención norteamericana en

Siria, son signos suficientes para redoblar esfuerzos y volver a los fundamentos etico-políticos que hicieron de estos

movimientos de amplia base la gran esperanza de la sociedad. La cantidad sin cualidades no es más que lastre. Ha llegado la

hora de la verdad. La carrera hacia el poder de quienes creen que el cambio real se logra cohabitando con el casero es tan

legítima como estéril.
El desenlace de tierra quemada del crac económico, legalizando políticas

de austeridad que han laminado derechos sociales seculares y abismado las desigualdades de partida, y la recuperación del

discurso de la guerra y la xenofobia para tumbar las primaveras árabes, prueban por enésima vez qué papel juega ese Estado

que tantos quieren coronar. Y por si eso no bastara, el legado de los breves episodios de “vidas paralelas” habidos entre

PSOE e IU (PCE) en estos últimos 36 años enseña que los parvenus acaban tomando los hábitos de su adversario y

administrando los intereses que iban a combatir. Como ocurre en la actual Andalucía de los EREs im-parables y las primarias

digitales.
Hay que hacer de la necesidad virtud. La presente catarsis debería servir para poner a cada uno en

su sitio. De esta forma la iniciativa revertirá en aquellos que si llevan un mundo nuevo en sus corazones. Si la catástrofe

de Fukushima confirma que el Capital y los Gobiernos son capaces de poner en peligro la vida sobre el planeta, sería un

auténtico suicidio pensar que nosotros, que somos más y somos el pueblo, no podemos plasmar el cambio deseado.

Rafael Cid