Juan Roig y su «buena» prensa


Valencia, 22 de octubre de 2013.

Conversación en las entrañas de un medio de difusión estatal.
—Mañana tienes que ir al congreso éste.

—Ok, ¿pero sólo mañana? Dura dos

días.

—Sí. A la conferencia de Juan Roig.

—¿Sólo a la de Roig? También vienen un jefazo de Carrefour, otro de

Kellogg’s…

—No, no. Sólo Roig.

A la mañana siguiente el periodista se

planta en el Congreso de AECOC, Asociación de Comerciantes y Distribuidores, en el Palacio de Congresos de Valencia. A su

alrededor, centenares de ejecutivos que han abonado entre 1.200 y 2.500 euros (dietas aparte) por estar en un entorno en el

que se pueden establecer alianzas y cerrar importantes negocios. En la sala de prensa, decenas de periodistas, muchos de

ellos llegados de Madrid, aunque sus medios o agencias tienen delegados y corresponsales en Valencia. Para el oído y

confirma su sospecha; todos vienen a cubrir la charla de Roig. El resto no importa. Sin embargo, como en las otras

ocasiones en las que le han enviado a cubrir un evento similar, Roig no dice nada extraordinario al margen de alguna

gracieta; y pese a que pretende transmitir una imagen amable y cercana, la realidad es bien distinta, la escena está

controlada: da su discurso desde el escenario hacia el auditorio; los periodistas lo escuchan en una tele de plasma en la

sala de prensa, y desde allí, como es obvio, no se puede hacer preguntas. 


Ya de vuelta a la oficina, el periodista deja para más tarde la redacción de la pieza, que considera menor,

y trata de ponerse al día de cualquier cosa que haya pasado mientras ha estado siguiendo la intrascendente conferencia. Así

tiene oportunidad de comprobar que algunos colegas ya han escupido sus piezas titulando precisamente con las gracietas y

evitando cualquier descripción incómoda de lo sucedido, como que el sarao estuviera tematizado como la serie

Cuéntame, lo presentara José María Íñigo y los protagonistas hablaran de sacrificios, aunque claramente se

refirieran a los de los demás —seguramente sus empleados y proveedores— a la vista del entorno en el que se mueven y la

alegría con que lo hacen. 


Eso tenía en la cabeza el periodista cuando suena el teléfono de su mesa:

—¿Tienes ya la pieza de Roig? —dice

el jefe de sección.

—No, todavía no.

—Pues escribe algo rápido, lo que sea, que tenemos que sacarlo ya en la

web.


“¿Por qué hoy no cuelgan cualquier cosa de agencias y mi texto sale ya mañana en el diario?”,

piensa el periodista mientras se corta la conversación, y la respuesta le asalta al tiempo que cuelga el auricular: “Temen

que la gente de Roig pase lista y nuestro medio no se haya esforzado lo suficiente”. ¿Puede equivocarse? ¿Es un

conspiranoico? Realmente Roig lo ha confirmado durante la charla en su único apunte interesante: “Yo sí creo en la

publicidad que sea informativa, no creo en las ofertas”. Con ello, reflexiona el reportero, el presidente de Mercadona

no se refería —como erróneamente algunos piensan— a que su empresa no cree y por tanto no gasta en publicidad (al no lanzar

boletines de precios periódicos), sino a que él sí cree y gasta en publicidad, aunque la quiere en forma de

información. Esto, no obstante, es una traición al periodismo. Como dicen todos los manuales, la publicidad con forma

de información debe ser obligatoriamente publicada o emitida de forma que se pueda identificar como tal. ¿Cómo acuerda

Mercadona que los medios hablen de la empresa? Seguramente en forma de donativo o colaboración a priori “a cambio de nada

en particular”. 


En el fondo, tampoco con esta jugada Juan Roig habría inventado nada. Se trataría de una versión del

paga lo que creas justo  en la que,

como en muchas ocasiones sucede, la recompensa que recibe el beneficiario es mayor que si hubiera establecido un precio por

el servicio. Mercadona paga y los medios subvencionados por la empresa traicionan el código deontológico del periodismo y

le ofrecen publicidad con apariencia de información, mostrando su sumisión con todo el despliegue de recursos que sea

necesario para que el cliente perciba su agradecimiento. El periodista piensa si debe contar esto, si le vale la pena

meterlo de refilón para que la gente se entere de cómo funcionan las cosas, pero acaba valorando que no vale la pena, que

seguro que si para tener contento a Roig deben tirarle a la calle por el artículo, el medio no dudará ni un segundo. Y que,

en definitiva, si la gente es lista, podrá deducir lo mismo que él por si sola.


Y así, el mismo miércoles 23 de octubre de

2013, todos los medios recogían ya la charla de Juan Roig. Y nada más —excepto alguna noticia de fondo en la prensa local—

se supo del trascendental congreso.
PS: Y como casi siempre, las lecturas críticas se encuentran solo al margen de los grandes

medios de persuasión. Aquí les dejo una muy interesante —Mercadona pretende rematar el

comercio de barrio— de Julià Álvaro.

 
http://www.testigoaccidental.com/2013/10/juan-roig-y-su-buena-prensa.html