Entrevista Alicia del Río (Sindicato de Inquilinas): “La Huelga General del 11 de noviembre es un punto de partida, no de llegada”.

La entrevista con Alicia del Río (Valladolid, 1993), una de las portavoces del Sindicato de Inquilinas, es en uno de los pocos bares de toda la vida que quedan en Lavapiés. Un barrio del centro de Madrid que ha sufrido profundamente la especulación inmobiliaria y la gentrificación. Mientras se desarrolla la conversación una vecina interrumpe para agradecerle haber colocado el derecho a la vivienda como prioridad en el debate político.

Una entrevista de: Jacobo Rivero

En el libro Poder Inquilino (Traficantes de Sueños, 2025) ponéis como ejemplo el sindicalismo de la CNT anterior a la Guerra Civil y la huelga de alquileres de 1931.

Fue un referente cuando hablamos hace unos años sobre cómo convertir el Sindicato de Inquilinas en una organización de masas. Cómo pasar de una estructura de colectivo en el que todas nos conocíamos y donde es fácil tomar decisiones, a ser una herramienta que pueda aglutinar a cuantas más personas mejor y cambiar la correlación de fuerzas frente a los rentistas. Mirábamos a la CNT de principios del siglo XX porque llegó a ser un movimiento de masas y a poder plantear huelgas revolucionarias. Miramos mucho cómo establecían las formas de participación, cómo había Ateneos y otros espacios para construir vida en común, que daban respuesta a lo que las personas necesitaran, como por ejemplo con procesos de alfabetización. También mirábamos mucho el sindicato como forma de organización independiente, que no requiere ninguna adscripción ideológica previa, y es capaz de transformar la conciencia a través de la lucha y la formación colectiva. Hay una frase de Salvador Seguí que nos gusta mucho: “El sindicato que comienza siendo un arma económica de defensa, debe terminar siendo una agrupación política de los postulados de la libertad”. Y es eso, no necesitamos un partido que nos marque una dirección, sino que es a través del conflicto como gente corriente viene y esa lucha le transforma para formar parte de una organización que mejora su día a día, no solo en lo puramente económico, sino que empieza a permear en todos los aspectos de su vida y por tanto se va haciendo parte de una organización de intereses emancipadores. Abrazamos un sindicalismo integral, que para nosotras necesariamente necesita la unión con otras luchas sectoriales para aunar esa capacidad de que la gente venga por una cuestión económica concreta y luego asuma una defensa integral de la vida. Por eso fue tan importante leer textos del anarcosindicalismo de principios del siglo XX que luego nos ha llevado a mirar otros movimientos con tesis similares, como por ejemplo el Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil.

En el movimiento feminista hay una pulsión por la política de los cuidados, por el acuerpamiento, la solidaridad, otra forma de hacer e intervenir políticamente… ¿Ha sido otra influencia?

Sí, claro. Ahí hablamos del “biosindicalismo”, ya no es que el conflicto y la acción sindical este asociada a la producción, sino que afecta a todas las esferas de la vida donde estamos sufriendo ataques, sea la vivienda, los servicios públicos y también la forma de relacionarnos. Hemos aprendido mucho de las diferentes olas feministas, hacer sindicalismo de la vida cotidiana y no solamente de las relaciones laborales, también en lo que tiene que ver con las relaciones entre nosotras. La lucha por la vivienda siempre ha estado muy feminizada, han sido las mujeres las que hemos puesto en la mayoría de los casos el cuerpo, han sido las mujeres las que han dado el primer paso para defender los hogares, mucho más que los hombres. Además, las prácticas del sindicalismo estaban tradicionalmente muy masculinizadas. Hemos ido implementando aprendizajes que vienen de las luchas feministas. Nuestra organización pone los cuidados en el centro, estamos luchando siempre contra esa tendencia tan masculina de los personalismos, de los egos, para entender que es en lo colectivo donde tenemos fuerza. También se da importancia a que las portavoces sean mujeres. No se podría entender cómo concebimos la huelga general del 11 de noviembre sin los aprendizajes de las huelgas feministas.

¿Cómo vives esa exposición mediática en el contexto de lo ocurrido con Maricarmen y de dar voz a la gente que no tiene proyección en medios de comunicación?

Es complejo. Me dicen muchas veces que como portavoza expreso mucha emoción y creo que precisamente es por todo ese trabajo diario que tenemos con gentes que sufren el problema de la vivienda. Que es un problema que tenemos nosotras mismas, y en mi caso se suma todo lo que he vivido como orientadora. El haber estado viviendo esos conflictos tan crudos y haber visto las victorias que hemos logrado cuando hemos estado juntas es lo que nos hace poder enfrentarnos a  ser portavoces con la legitimidad de decir: “yo pongo una voz que no es mía, que viene de muchas experiencias, de mucho trabajo, de ordenar ideas”. Asumimos una responsabilidad que es muy grande, pero estamos contentas porque también es un trabajo coral, donde no hay una única figura, detrás hay un trabajo colectivo. La función de portavocía es buena cuando hablamos no solo de lo último ocurrido en un desahucio, sino desde haber vivido también todo lo ocurrido antes. Tengo muy presente cuando me desahuciaron de mi piso de Lavapiés, porque lo viví de manera traumática, aquello también suponía entender los desahucios de las familias de mis alumnas o los que hemos vivido como Sindicato de Inquilinas. En eso también hemos recogido cosas del anarcosindicalismo o del MST, en las que cualquier persona que esté ejerciendo un liderazgo –porque somos conscientes de que existen y que pueden ser positivos- tiene que estar totalmente pegada a la base, nunca puede abandonar ese trabajo diario y tiene que estar apegada a lo colectivo. Evidentemente, nunca voy a ser una mujer racializada que ha sufrido una estafa, pero sigo viviendo en condiciones que son una condena. Y esos problemas son colectivos, los ves cuando estás trabajando como profesora o cuando estás viendo lo que pasa con tus vecinas, si te separas de eso es cuando el trabajo como portavoz es inútil.

Ahora mismo hay muchas luchas desarrollándose en paralelo, que comparten circunstancias vitales como la lucha de las educadoras de 0-3, de enseñanza, pensiones dignas… ¿Cómo estáis viviendo este momento político?

Para nosotras es muy ilusionante porque vemos que de alguna manera cumple la hipótesis por la que decidimos apostar. Desde nuestra fundación pensamos que no era el momento de los partidos políticos, sino del poder popular, de las organizaciones de base, entendiendo que las verdaderas conquistas que hubo en la historia han sido arrancadas así. Un ejemplo siempre es la jornada de ocho horas, una conquista que supuso torcer el brazo a unos intereses empresariales en los que la clase trabajadora perdió muchas vidas. Creemos que estamos volviendo a una situación similar, en la que para enfrentarnos a la acumulación de propiedad y de riqueza en pocas manos, y como además tienen el control de unas instituciones totalmente alejadas del pueblo, la herramienta que necesita esta coyuntura es organizaciones de base que desde su experiencia específica aglutinen a gente nueva. Y después esas organizaciones se unifican desde abajo, no a partir de sus líderes haciendo una foto. Lo estamos viendo en los piquetes de la huelga de enseñanza, en los centros están también las compañeras del Sindicato de Inquilinas de ese barrio. O cómo tenemos un discurso integrado con las pensionistas que no es una foto, sino que explicamos cómo el sistema rentista ataca las pensiones y la calidad de vida de las personas mayores. Todo esto tiene una mirada larga, porque no podemos ser ingenuas, sabemos que el poder popular es una tarea lenta, hay momentos con olas de indignación que nos hacen avanzar en semanas lo que no habíamos avanzado en años, como lo que estamos viviendo con el estallido Maricarmen. Pero a la vez somos conscientes de que si no has establecido esos vínculos en los barrios no vamos a poder enfrentarnos al poder que tenemos enfrente. Una masa de gente muy enfadada sino está organizada y tiene formas de tomar decisiones conjuntas, hacer evaluaciones y planes en el que toda la gente sienta que forma parte es fácilmente reprimible. Por eso nosotras estamos por unirnos a las luchas de base que se dan en nuestros barrios contra el malestar que produce el capitalismo en los centros de salud, en las escuelas, en todas partes. Sabemos que es un proyecto de mirada larga, pero en el que hay que ir consiguiendo victorias a corto plazo para que la gente vea que la lucha sirve. Por eso hemos defendido el decreto Maricarmen, porque conseguir los contratos indefinidos que es una demanda que ataca a los intereses directos del capitalismo y de los rentistas tiene mucho valor. Son victorias que sirven, que además lanzan un mensaje contrahegemónico a la idea de que hacer política es votar cada cuatro años. Lo nuestro es totalmente contrapuesto: Votar no es suficiente, no vamos a renunciar a hacerlo, no vamos a abandonar espacios para que lo cojan otros, pero no es suficiente. Hacer política es estar organizado y ser capaces de plantear conflictos que logren victorias, como la que hemos tenido contra Urbagestión y otros grandes propietarios. Lo mismo con la victoria que conseguimos cuando la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) pasó de tres a cinco o siete años con las luchas por el desahucio que hubo en la calle Argumosa. Esa fue una victoria evidentemente ínfima si lo comparas con desmercantilizar la vivienda por completo o acabar con el capitalismo rentista, pero nos ayudó a seguir construyendo organización. Cada victoria hay que enmarcarla en un plan de lucha mucho más largo y ambicioso en el que la gente se va enamorando de una lucha emancipadora que va más allá de victorias parciales.

En esa lógica emancipadora conjunta es en la que estaría la Confluencia de Luchas…

Claro, por esa tesis de transicionar hacia otro sistema que ordene la vida que no sea el capitalismo es por lo que nació la Confluencia de Luchas en Madrid. Porque hay un convencimiento firme de que incluso aunque logremos desmercantilizar la vivienda nosotras solas, que sabemos que es imposible, sería un error. Sabemos que el capitalismo trasladaría toda su acción a otro ámbito de la vida en el que seguir explotando. En realidad eso ya está pasando, con la caída de la tasa de ganancia se buscan nuevos objetivos: residencias de mayores, hospitales, colegios… aquellos espacios necesarios de la vida en los que pueden seguir extrayendo beneficios de nuestros salarios, porque no podemos vivir sin esos servicios. Si hay una lucha social que logra avanzar, estamos desplazando la explotación a otra lucha. De la vivienda se pasa al suelo y de ahí a la producción de alimentos en macrogranjas y así todo. Necesitamos avanzar con una perspectiva y planes de lucha comunes, por eso comenzó la Confluencia de Luchas con CGT, CNT, Ecologistas en Acción, Sindicato de Manteros, Territorio Doméstico y otros sectores esenciales. Para nosotras ahí es importante que se mantenga el sindicalismo de base, para hacer un trabajo de estructura, afiliación y organización que nos haga más fuertes. Desde esa mirada se está organizando la huelga general.

¿Cómo ha sido el trabajo a nivel internacional del Sindicato de Inquilinas?

Hubo un encuentro en Barcelona organizado por el Sindicatde Llogateres en el que se hizo una primera declaración de lo que llamamos la internacional inquilina y se comenzó a caminar especialmente con organizaciones europeas y alguna de Estados Unidos y Canadá. Después vino el contacto con América Latina, mandamos algunas militantes a aprender con el Movimiento Sin Tierra y estamos configurando una red, buscando alianzas en otras partes del mundo. Pero hay una idea muy firme de que si el capital está organizado de manera internacional, con casos como el de Blackstone que es el mayor casero del mundo, tenemos que construir esas redes para poder dar golpes juntas. El último encuentro internacional fue en Madrid y coincidió con el desahucio de Maricarmen, dimos acogida a más de 60 organizaciones y sindicatos de vivienda y se hizo una declaración para caminar juntas hacia una huelga de alquileres internacional.

¿Qué simbolizan las acampadas?

Fue el momento en que todo el mundo pudo ver que había un cambio de ciclo, en el que se vio que las emociones de la gente habían dado una vuelta de tuerca. Empezó con el desahucio de Maricarmen en el que la reacción a esa barbarie es distinta a lo que ocurría anteriormente. Esa concentración que convocamos esa misma tarde estaba llena de indignación, aquello desbordaba rabia porque había una actitud de que esto era la gota que colmó el vaso. Fue espectacular cómo cortamos el Paseo de la Castellana, cómo la gente rompió las filas de la policía al ir todas agarradas unas con otras, con la cabeza alta, avanzando. Fue increíble. Pero la constatación de que ya no había vuelta atrás y que excedía a la típica gente que seguía los conflictos de vivienda se consumó en la Acampada. Cuando planteamos una acampada y viene todo el mundo y no deja de crecer y se replica en otras ciudades, viene todo tipo de gente a darnos comida, dinero para comprar lonas, gente mayor o con sus hijas e hijos preguntando cómo puede ayudar… Fue la constatación de que se había cambiado el discurso, que ya no vamos a tener vergüenza, ni miedo en nuestras casas, ni solas con el móvil, ni pensando ahora viene el colapso y punto. La gente reaccionó con alegría y con esperanza, era muchísima la gente que nos paraba por la calle para felicitarnos y darnos las gracias. Esa noche de la manifestación había gente que nos decía: “Sois el orgullo del pueblo. Habéis cambiado Madrid”. Eso ha sido y es muy bonito. Tantos abrazos en la Acampada en las primeras horas, luego en la televisión que se dejaba de hablar solo de racismo, de mensajes horribles por lo que había pasado en Ceuta… Se cambió el marco por completo, empezaba a dar vergüenza echar a una persona a la calle solo por querer ganar dinero. Ganamos todos los debates en televisión, era increíble. En la puerta del Sol hablabas con los medios y se arremolinaba alrededor gente como si estuvieran animando a un equipo de fútbol. Un fenómeno que evidenciaba que estamos ganando la batalla y cambiando todo. No solo en Madrid, sino en todo el país. La Acampada simboliza un nuevo ciclo y por eso la gente está tan contenta que no se quiere ir de la Puerta del Sol, mucha gente se va a construir la huelga a sus barrios y luego vuelven. Ha sido un foco increíble, que nos ha permitido poner la palabra poder popular en todos los medios y que la gente confíe en la fuerza de la gente.

¿Qué diferencia hay con el 15M?

Hay cosas que tienen una similitud clara, es un estallido de descontento que especialmente agrupa a la juventud, aunque se ve que son todos los sectores de la población los que están apoyando. Pero también tiene grandes diferencias. El 15M era algo más indefinido, con un montón de demandas en las que se hablaba de todo, sin un plan muy concreto. Era una visualización del descontento social y una apuesta por la ruptura destituyente. Sin embargo, ahora sí hay un plan muy concreto. Es una acampada que tiene que ver con una barbarie, con un desahucio que nos ha hecho ver que no queremos que esto siga así. El primer paso era el decreto Maricarmen y eso es lo que pide la Acampada cuando empieza. Porque ahí está la primera medida estructural que puede cambiar la relación con la vivienda, que son los contratos indefinidos porque ataca directamente las ganancias rentistas. Y eso es solo un primer paso, luego tenemos una serie de reivindicaciones que ya se venían trabajando desde las manifestaciones de vivienda del 2024. Siempre hubo un plan muy concreto, fue la acampada primero y luego la Huelga General que se venía hablando en la Confluencia de Luchas y la Confederación de Sindicatos de Inquilinas. Se ha conseguido además que se sumen a la huelga los sindicatos mayoritarios. Esa es una diferencia importante con el 15M, aquí sí hay una dirección estratégica.

Eres afiliada a CGT ¿Qué papel crees que debe tener el sindicato en el momento actual?

Estoy afiliada porque he trabajado varios años en la enseñanza pública como orientadora. Me afilié para impulsar la lucha de nuestras propias condiciones laborales y la lucha por la educación pública. En CGT pienso de la misma manera que con el Sindicato de Inquilinas. Con algunas compañeras nos metimos para impulsar Menos Lectivas, había que explotar todas las circunstancias del sindicalismo de base, había una inercia que era que los sindicatos decían lo que había que hacer y se estaba a la espera de ver quién venía o quién se unía. Un modelo que no funcionaba bien porque era “lanzo un asunto y espero a ver quiénes me siguen”. Menos Lectivas trajo otra inercia, que era generar instancias colectivas desde los centros de trabajo, allí donde se vive el conflicto a diario, de aulas abarrotadas y deficiencias de un sistema burocratizado, etc. Allí es donde había que comenzar a organizar a la gente. La idea fue que el profesorado se sintiera parte de un plan de lucha que vamos construyendo poco a poco. Han sido muchos años de trabajo que han producido que se hagan asambleas en los centros, no una asamblea centralizada donde vaya todo el mundo, porque normalmente van los que tienen una experiencia militante previa. Se trataba de volver a los centros de trabajo, que cada una y cada uno luche donde hacemos nuestra vida cotidiana, para hablar con nuestras compañeras e invitar a la participación. Ahí es donde tiene que empezar el trabajo sindical. Eso es lo que le pido a CGT, recuperar la tradición, que ya está en nuestra organización, del sindicalismo de principios del siglo XX. El sindicalismo se hace hablando con nuestras compañeras más cercanas y construyendo desde ahí. Para organizar a la gente común debemos lo primero escucharlas, y utilizar sus lenguajes, que no quiere decir perder un ápice de nuestra radicalidad, sino comenzar escuchando y partiendo de su experiencia. No es tanto sacar el rojo y el negro todo el tiempo, sino que en nuestras prácticas estemos llevando los postulados de unir a las trabajadoras alrededor de un proyecto emancipador y de superación. Hay que hacerlo a la vez que debemos fortalecer nuestra estructura, porque CGT es una herramienta que sabemos que funciona y que tiene recursos.

¿Cuál es tu esperanza en la huelga general del 11 de noviembre?

Que sea un paso más en este nuevo ciclo que decimos que se está abriendo. Hemos conseguido colocar este mensaje y estas prácticas de que la política de verdad se hace desde la base, desde los centros de trabajo, de estudio, en los barrios, los bloques donde vivimos. Hay que seguir demostrando esa fuerza desde la práctica, la huelga tiene que ser popular y masiva. No es la huelga general del Sindicato de Inquilinas, ni de la CGT, ni de ninguna organización. Es la huelga del pueblo, que ha estado parando los desahucios con su cuerpo, acudiendo a las acampadas, a las manifestaciones, pero también defendiendo que haya pediatría en sus centros de salud, que haya buenas condiciones laborales, con salarios dignos. Toda esa gente común nos tenemos que coordinar para dar un golpe de demostración de poder y de que todas juntas podemos parar todo. Las estructuras unitarias que se están generando en los Comités de Huelga de ciudades, pueblos y barrios son la mayor herramienta para enfrentar lo que venga, porque nosotras no sabemos qué va a pasar, pero puede ser que pronto tengamos un gobierno fascista con un discurso que ha calado en una parte de la clase trabajadora. Esas estructuras que estamos creando para la Huelga General son las que pueden recuperar a esa gente y esa mentalidad, para juntas combatir el fascismo. Esa es la forma de seguir extendiendo el poder popular. La huelga del 11 de noviembre es un punto de partida, no de llegada.

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