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El camino de la liberación: Humanismo obrero frente al antihumanismo capitalista

  • (Ponencia leída en las Jornadas Libertarias celebradas por la Confederación General del Trabajo en Valencia del 15 al 19 de diciembre de 2014) Heleno Saña.

Introducción

Queridos compañeros y amigos, auditorio todo:

En los primeros años de postguerra, abatida ya la bestia nazifascista, el capitalismo norteamericano y europeo vivió una fase de relativa pujanza, caracterizada por la intensidad inversional, por la movilización masiva de la mano de obra y por la estabilidad de los puestos de trabajo y de los precios. Este boom económico, fruto del capitalismo regulado de Keynes y de la necesidad de superar los desastres de la guerra, permitió al gran capital y a sus voceros hablar pronto del “bienestar para todos” (Ludwg Erhard), del “Estado-beneficiencia” y de la “sociedad de la abundancia” (Galbraith). Pero este supuesto idilio no duró mucho y pasó a mejor vida a partir del momento en que Milton Friedman y su siniestra Chicago School of Economics iniciaron su ofensiva contra el modelo keynesiano en nombre del monetarismo, eufemismo terminológico que en realidad significaba la entronización del darwinismo social y del capitalismo desregulado que, llevado por primera vez a la práctica por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, pasaría a convertirse desde entonces a hoy en el modelo económico predominante.
Los resultados del capitalismo neoliberal han sido nefastos en todos los sentidos y conducido a una crisis análoga en muchos aspectos a la que conocieron Europa y Norteamérica en la época de entreguerras. Eso explica que la inseguridad y el miedo sean de nuevo el estado de ánimo habitual de la gente, en especial de los asalariados condenados al paro, los empleos precarios y mal retribuídos, la miseria, el desamparo social y la emigración forzosa.

El “mi ser es miedo” que Kafka confesaba en una de sus cartas a su prometida Milena, ha dejado de ser la psicosis personal de un judío traumatizado, para convertirse en un fenómeno de masas. El ciclo histórico que nos ha tocado vivir es en todo caso un producto de las peores tradiciones del género humano, pertenece a lo que el filósofo Erich Voegelin calificó, hace pocos años, de “patología del espíritu moderno”. Michel Serrés no exageraba cuando en su obra “Hermes III” señalaba que la democracia formal vigente en los países occidentales es en realidad una tanatocracia o gobierno de la muerte. ¿Cómo no va a ser así si su rasgo dominante es la violencia estructural?

Pan y circo
El mayor triunfo del capitalismo de postguerra ha sido el de haber logrado convencer al ciudadano medio de los mitos y embustes divulgadas por las tribunas mediáticas a su servicio. El fracaso del capital real ha sido compensado con lo que Pierre Bordieu llamaba “capital simbólico“. Hemos consumido no sólo las mercancías arrojadas al mercado por los consorcios industriales y comerciales, sino también los productos inmateriales difundidos por la redes publicitarias del sistema. Hemos sido explotados por partida doble: física e intelectualmente. Somos prisioneros de las condiciones de vida y de trabajo injustas e inhumanas y, a la vez, de la imagen apologétca que el sistema ha conseguido introducir en nuestra mente.

El vacío espiritual creado por la sociedad de consumo es llenado por la industria del espectáculo, que juega en el mundo de hoy un papel análogo al que desempeñó el “pan y circo” en la Roma imperial. Los placeres, diversiones y pasatiempos organizados por el show-busines y la industria del ocio no son más que vulgares narcóticos destinados a hacer olvidar al ciudadano su condición de “esclavo sublimado” al que el sistema le condena, como consignó Herbert Marcuse en su obra “El hombre unidimensional”. El resulado final de esta manipulación axiológica ha sido la mitificación del reino de la banalidad como expresión máxima de una vida colmada. No necesito subrayar que la misma ideología que cultiva lo que Kierkegaard llamaba “el vals del momento”, es la misma que genera traumas psíquicos, disfunciones neurovegetativas y suicidios en masa, como demuestra el millón de personas que abrumadas por la desesperación ponen anualmente fin a su vida. Los gritos de júbilo que se oyen los fines de semana y en los días festivos en las metrópolis de Occidente, no pueden ocultar el llanto silencioso de las innumerables víctimas condenadas al sufrimiento.

Autoconcienciación
Para combatir los falsos valores proclamados por los apologetas y lacayos de la ideología dominante, no necesitamos descubrir o inventar nuevas panaceas y tierras de promisión; lo único que necesitamos es simplemente recordar y cobrar conciencia de todo lo que la humanidad ha dado hasta ahora de noble y elevado, tanto en el plano teórico como práctico. Las grandes verdades eternas han sido formuladas desde tiempo inmemorial, se hallan recogidas en las tradiciones orales y en los textos más antiguos de la cultura universal. Frente a un mundo ebrio de modas y novedades de todo género, lo que hay que hacer es cultivar el hábito platónico de la anámnesis o reminscencia de la verdad.

Si no queremos asistir, cruzados de brazos, a que el mundo siga rodando hacia el abismo, es imprescindible que el hombre recobre la luz interior de que ha sido despojado por los cantos de sirena del sistema y aprenda de nuevo a pensar por su propia cuenta. Sólo bajo estos supuestos estará en condiciones de poner en marcha el proceso de resistencia que la humanidad doliente tan urgemente necesita.
El primer paso para liberarnos del estado de alienación de que en mayor o menor medida todos somos cautivos ha de ser, a mi modesto entender, el de desenmascarar con todas las consecuencias las patrañas y los cuentos de hadas difundidos por los aparatos publicitarios del sistema, un objetivo que sólo podremos alcanzar a través de una profunda metamorfosis en nuestra manera de pensar; sin ella esperaremos en vano una mutación cualitativa de las condiciones de vida reinantes.

Lo que me importa subrayar aquí es que no lograremos transcender la irracionalidad capitalista sin transcedernos a nosotros mismos. El proceso de liberación ha de iniciarse, pues, en el ámbito subjetivo del propio individuo, no fuera de él. Toda rebelión abierta contra un sistema opresor es, por definición, un acto colectivo que tiene lugar en el espacio público, pero que tiene su génesis motivacional en el interior de cada sublevado. A esta toma de conciencia pertenece también, a mi modesto parecer, reflexionar sobre temas y problemas tan aparentemente ajenos a la vida laboral y sindical como la felicidad, la autorrealización o el sentido de la vida, ya que en ellos depende en última instancia el rumbo que demos a nuestro paso por la tierra.

Sindicatos y partidos políticos
La liberación de las clases trabajadoras tiene que producirse en el seno de las mismas, no por medio de la casta de políticos profesionales que en el Parlamento y otros foros públicos se dedican a prometer a los electores cosas que raramente cumplen. Lejos de ser los representantes de la nación -como se autotitulan- son en primer lugar y exclusivamente los representantes de sus intereses particulares y de los del bando ideológico al que están adscritos. Y aunque se llenen la boca proclamando que sirven al bien común, gobiernan en general no para el pueblo, sino contra el pueblo, especialmenmte contra el pueblo trabajador del que sale la riqueza que luego ellos utilizan para llenarse las faltriqueras y gozar de los privilegios materiales que se adjudican a sí mismos. Ya por esta razón son la encarnación paradigmática de lo que Proudhon llamó en su día “la casta de los improductivos”.

De lo que se trata en última instancia es de sustituir la sociedad competitiva engendrada por la ideología burguesa, por una sociedad basada en la ayuda mutua, el cooperativismo y el espíritu solidario. No otro ha sido el ideal propugnado por la cultura libertaria, la colectvización de la economía en el transcurso de nuestra guerra incivil como testimonio histórico de esta tradición. Esa fue también la línea de acción y organización adoptada y practicada por el proletariado durante sus primeras décadas de militancia. Por desgracia, intelectuales procedentes de las clases medias y devorados por la ambición y el afán de notoriedad como Ferdinand Lassalle, Marx y Engels, lograron convencer a un porcentaje cada vez mayor del asalariado, de que el instrumento más idóneo para combatir a la burguesía no era el sindicato, sino el partido político. Esta estrategia, proseguida y potenciada más tarde por Karl Kauksky, Lenin y Trotsky, conduciría a una desnaturalización completa del ideario obrero, cuyas dos consecuencias más importantes y graves serían el surgimiento del comunismo totalitario ruso y la transformación paulatina de los partidos socialistas y socialdemócratas en puras correas de transmisión de los intereses capitalistas.

Y ésta es la hora de decir que la bancarrota del capitalismo es no sólo la bancarrota de la economía, sino también de la política y su uso bastardo del poder. Si el ideario libertario tiene un sentido es el de haberse pronunciado siempre por la opción der anti-poder o del sin-poder voluntario, según la bella fórmula del gran pacifista Hugo Ball, una opción que en el terreno de la praxis significa democracia directa, participativa y autogestionaria.

El camino a seguir
Lo más alto que podemos alcanzar no es acumular billetes de banco y puestos de mando, sino consagrar nuestra vida a un ideal que contribuya, aunque sea a escala muy modesta, a promover la justicia y el bien y a hacer más llevadera la existencia de nuestros semejantes, en primer lugar la de los miles de millones de parias que padecen hambre y sed de justicia. Todo lo demás es feria de vanidades, banalidad, aturdimento, autoalienación y derrota de la parte superior de nuestro ser.

Para autoorientarnos y encontrar el camino del humanismo obrero que propugnamos aquí, es imprescindible restablecer y reactualizar la cultura del diálogo practicada por la clase trabajadora en el período clásico y heroico de la lucha de clases, cuando los obreros acudían a sus centros culturales, ateneos y locales sindicales para conversar con sus compañeros sobre sus problemas, ilusiones y esperanzas de un mundo mejor. Sólo de esta manera estaremos en condiciones de combatir con eficacia la incomunicación interhumana, el particularismo y el autismo fomentados por la ideología dominante para convertir al individuo en una mónada solitaria sin ninguna vinculación profunda con sus semejantes. Entre los muchos crímenes cometidos por el tardocapitalismo figura el de haber dado muerte al zoon politikon u homo socialis de la filosofía clásica y el de haberle transformado en el animal-rebaño previsto por Nietzsche. Eso explica que la ocupación predilecta del individuo medio sea la de gritar en los estadios deportivos o encerrarse en casa para ver los programas-basura que le ofrecen las cadenas de televisión. La última consecuencia de la eliminación de la compañía humana es la muerte de la amistad y de la vida comunitaria y su sustitución por el individualismo posesivo e insolidario que nos sale al paso por todas partes, causa a su vez del conformismo que se ha apoderado del promedio de la gente y de la ausencia casi completa del homme revolté reivindicado por Albert Camus en su famoso y gran libro del mismo nombre.

Una herencia imperecedera
Una de las consecuencias más aciagas del dominio capitalista ha sido la destrucción del humanismo obrero surgido en el sigo XIX como respuesta y alternativa a la cosmovisión burguesa. Cuando se habla de humanismo, la historiografía se refiere exclusivamente a la cultura renacentista elaborada por Pico della Mirandola, Leonardo da Vinci, Juan Vives, Erasmo de Rotterdam y otros espíritus preclaros de la época. Se guarda silencio en cambio sobre el humanismo obrero que pocos siglos después nacería en las entrañas de la propia clase trabajadora, y que para mí posee una transcendencia histórica igual o superior a la cultura teórica del Renacimiento. Se tiene una concepción clasista, intelectualista y reduccionista de la cultura; de ahí que sólo se preste atención a la obra realizada por la inteligentsia profesional y se ignore y desestime la que llevaron a cabo, sin estudios superiores y en condiciones existenciales muy difíciles, los muchos espíritus egregios que supieron transmitir a sus compañeros de lucha con palabras sencillas pero no exentas de elocuencia, los ideales que llevaban en su corazón. Ha llegado la hora no sólo de rendir honor al humanismo obrero silenciado hasta hoy, sino el de asignarle la función normativa que podría y debería desempeñar en el futuro en el proceso de confrontación con el antihumanismo capitalista.

Haciendo nuestros los valores que acabamos de describir será, creo yo, la mejor manera de ser fieles al patrimonio humano, moral y cultural que hemos recibido de los hombres y mujeres que en el pasado lo sacrificaron todo para servir a sus ideales, a menudo la libertad y la vida. Obrar así nos permitirá también dar a nuestra vida la máxima altitud moral posible. Esta actitud nos ayudará asimismo a no sucumbir al desánimo y al abatimiento consubstanciales a toda lucha por una causa noble. Para no dejarse desmoralizar por la adversidad es imprescindible que renunciemos a todo optimismo prefabricado y contemos de antemano incluso con el amargo sabor de la derrota. Luchar sólo para tener éxito es exactamente la esencia de la idiosincrasia burguesa, definida con razón por Max Horkheimer como “razón instrumental” y por Ernst Bloch como “ideología del cálculo”.
La lucha por un mundo mejor y más humano posee un valor intrínseco que se legitima a sí mismo y no necesita por ello ser avalado y confirmado por sus resultados extrínsecos. De ahí que medir nuestra acción con criterios meramente cuantitativos sea el primer paso en falso que podemos dar. Lo que en el sentido convencional de la palabra se llama victoria es casi siempre una derrota moral, como ocurre con el capitalismo triunfante; y, a la inversa, lo que se califica comúnmente de derrota, suele ser el resultado de un modelo superior de conducta, la lucha por el bien como testimonio de esta experiencia siempre repetida. Me atengo en todo caso a lo que Jean-Paul Sartre escribió en “La náusea”: “Sólo lo cerdos creen ganar”.

Muchas gracias.

Heleno Saña

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Heleno Saña, filòsof a l’ombra, autor de “La revolució llibertària”.

 

 

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