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Recuerdo de Salvador Seguí

Con propósito deliberado, hemos dejado estas cuartillas para después del aniversario de la muerte de nuestro camarada Seguí. Y aprovechando esta circunstancia, diremos que hubo un error al decir que se cumplía el octavo aniversario de su muerte. Pues es el séptimo no el octavo. Aclarada esta omisión de muy relativa importancia, digamos lo que nos habíamos propuesto decir.

La dictadura instaurada en septiembre de 1923 ha sido la causa de que la organización afecta a la Confederación no haya recordado Seguí como merecía y debía ser recordado.

Ciertamente que no somos propensos elevar altares ni declarar «santos» a los hombres que en nuestros medios lucharon y murieron. Pera esta iconoclastia, este ateísmo tan altamente dignificador de nuestra conciencia y nuestro pensar colectivos, no puede llevarnos a los linderos de la ingratitud.

Seguí, como tantos otros camaradas, pero él quizá más que otro alguno, se ha convertido en presa, en bandera que unos y otros nos quieren arrebatar.

Hemos observado que en cada fecha del aniversario de la muerte de nuestro camarada se alzan voces reclamando para ellas la personalidad, el prestigio, el valor que como individuo como elemento militante tenía el compañero trágicamente asesinado.

Y ante esta usurpación que con nosotros se quiere cometer, por muy iconoclastas, por poco inclinados que seamos conmemorar los desaparecidos, un deber de respeto elemental nos obliga salir al camino interceptando el paso a todos esos malandrines que con malabarismos equívocos quieren hacer ver lo que no es.

Porque, digámoslo de una vez: Seguí, señores de enfrente, fue lo que fue, no lo que ustedes quieren ahora que sea.

No hacemos un estudio biográfico de Seguí. No venimos hoy, en estas líneas, a recordar sus condiciones ni sus cualidades. Y menos a destacar sus defectos sus virtudes. Tarea es ésta que requiere empeño mayor y tiempo, estudio que ahora no podemos dedicarle.

Pero si renunciamos lo que un día u otro habrá de hacerse por quien pueda y quiera, no renunciamos, sería vergonzoso que lo hiciéramos, a salir al paso a la infamia dejando que sobre la memoria del camarada muerto se viertan las inmundicias de suposiciones que empañan una actuación y una personalidad que a todos debiera merecernos el máximo respeto.

Los cerdos ozan en la inmundicia. Los sapos viven, y viven bien, entre el fango. Son muchos los animales que se alimentan y nutren en los estercoleros. Si esto no puede ser un desmérito para esas especies de la escala zoológica, sí lo es, y de gravedad suma, para el hombre, que haya semejantes suyos que no sepan vivir si no es enlodando la dignidad de los demás.

Seguí, con el que discrepamos veces, pero del que no desconocimos jamás sus merecimientos, no era, panegiristas de la última hornada, lo que ustedes quieren que fuese, sino algo muy distinto por convicción y temperamento.

Luchador incansable, espíritu batallador, inteligencia ágil y despierta, él no podía actuar nada más que con la clase trabajadora organizada, a la que dio lo mejor y más valioso de su destacada personalidad. Y no somos nosotros, los que vivimos junto él, los que estuvimos más su lado, quienes lo proclamamos. Son los miles y miles de trabajadores que escucharon su palabra. Perdidos en las llanuras o en las vertientes de las montañas donde apenas si llega un tortuoso camino de herradura, ellos supieron comprender el valor lo que era y significaba el camarada cuya desaparición lamentamos.

Suponer ahora que Seguí hubiera sido esto o lo otro, o lo de más allá; querer demostrar que Seguí estaba dispuesto a abandonar el ideario de toda su vida para abrazar esta o la otra doctrina política, será tan hábil ventajoso como se quiera; pero no es ni digno, ni decente. Y mucho menos respetable.

Seguí vivió en cuerpo alma para la Confederación Nacional del Trabajo. Su verbo cálido, elocuente, su gesto enérgico y decisivo, así lo expresaron una y mil veces. ¿Por qué venirnos ahora con el supuesto de si quería hacer ésto y lo de más allá, defender esta o la otra política, inclinarse por este o por el otro partido?

Y aún en el caso de que tales hubiesen sido sus intenciones, lo digno y generoso es recordarle en estas fechas de su muerte, sería, para no empañar su memoria con abandonos y apostasías que nadie puede probar, recordarle por lo que fue y por lo que hizo. No por lo que suponen algunos que hubiera hecho después.

Se impone, pues, camaradas todos, militantes jóvenes y viejos de la Confederación, que defendamos la memoria, el nombre, el recuerdo del camarada Seguí contra esa ola invasora de oprobio y de vergüenza con que impúdica y persistentemente se la quiere enlodazar.

Va en ello nuestra probidad y nuestra hombría de bien. Atañe, no sólo nuestra condición de hombres comprensivos y generosos, sino la dignidad, al porvenir y a la grandeza de esta Confederación por la que, si muchos de dimos la libertad, él, como otros muchos, rosario interminable de víctimas, dieron lo último que el hombre de ideas puede dar por la que es suya y ama ardientemente: la vida.

 

ÁNGEL PESTAÑA

 

Acción, núm. 6, 22-3-1930, Barcelona; p. 1.

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